SAN SEBASTIÁN EN «LO QUE TU TIERRA TE CUENTA» (2).

El paso por Donosti no deja indiferente a nadie. De las rivalidades entre koxkeros y joxemaritarras, al espectáculo del mar.

  • Extracto del libro «Lo que tu tierra te cuenta» con más referencias abajo.

… hablamos precisamente de la iglesia de San Vicente, contemplando su enorme rosetón de la pared lateral, cuando llega su párroco, Xabier Andonegi, que nos dice que el organista José Javier Lera, con la titular Coro Sáez, primera mujer organista de Euskadi, están ensayando. No puedo perder la ocasión de ver esta joya de iglesia y de órgano, así que entramos con intención de ver, escuchar y, si se tercia, subir al campanario, que, tengo entendido, guarda otro tesoro.

La iglesia de San Vicente es el monumento más antiguo de la ciudad, pues data del siglo XII, aunque la actual parroquia se construyó en el siglo XVI. Fue en 1592 cuando se trajo de Roma la reliquia de San Vicente, guardada en la figura de un brazo de plata que puede verse en el importante relicario junto a otras bellas obras de los joyeros de Donosti en aquellos años. San Vicente de Huesca fue diácono y mártir del siglo IV. Destaca el Ecce homo, obra de Felipe de Arizmendi, del siglo XVIII, y en el atrio-fachada, la Piedad de Oteiza. También el gran retablo, obra de Ambrosio Bengoechea, del pueblo de Alkiza, uno de los mejores del romanismo.

Y, sobre todo, su gran órgano Cavaillé-Coll, que con gran amabilidad nos permiten ver en un ensayo de José Javier Lera, quien interpreta para nosotros piezas de Ennio Morricone en La misión; Bach; un fragmento de las Gnossienne de Erik Satie. Incluso entramos dentro del órgano, una experiencia, reconozco, inolvidable.

En el territorio de Gipuzkoa existe una de las colecciones de órganos más importantes de Europa, con cerca de ciento cincuenta, entre los que destaca el órgano barroco hispano de Ataun, construido por Lorenzo de Arrazola en 1761. La Quincena Musical suele ofrecer conciertos por toda Gipuzkoa con organistas de todo el mundo. El sonido envolvente del Cavaillé-Coll nos debió ascender a las alturas, pues terminamos sobre las bóvedas y tejados de la iglesia en un interesante ejercicio de adrenalina.

Esta vez fue Willy, el simpático ayudante del párroco, quien nos llevó con bastante cuidado hasta el campanario, donde vimos una imagen aérea de la ciudad, muy bonita, atalaya de esta torre vigía que guarda la habitación donde vivía el campanero con su familia. Dice Willy que hasta tenían gallinas sobre el espacio que crean las bóvedas. Llaman la atención en un lateral de la iglesia las piedras salientes (koxkas) de un baptisterio inacabado que dio pie a cierta rivalidad más que seria entre los Joxemaritarras —más ricos, habituales de la basílica de Nuestra Señora del Coro— y los Koxkeros —más pobres, devotos de San Vicente—. Los primeros decían de los segundos que al ser tan pobres no les daba para terminar la obra. Lo cierto es que pasamos un rato muy interesante viendo ya iluminada la plaza Zuloaga, el museo San Telmo y las murallas de Urgull, en cuyo mirador ondea la ikurriña.

A la salida de la iglesia llega Jon Zabaleta para entregarme la llave de la habitación, y aprovechamos para cenar en el Senra, al lado del hotel. Su propietario, Enrique, nos sirve una buena ración de tomate —no hay que irse de Donosti sin probar el tomate del Senra—, y se nos van las horas hablando de fútbol, otra pasión de Enrique y de todos nosotros. Los vecinos del paseo Salamanca, calle Aldamar y calle Soraluce ya ponen tablas de madera en sus portales, evidencia de que mañana llega un temporal antológico.

Me despido de historiadores, párrocos, organistas y hosteleros, y me voy con Jon Zabaleta al hotel 32 de Agosto, una especie de continuidad de aquella fecha. Siete habitaciones amplias en este edificio histórico, con nombres como Zubieta, Atalaya, Ugartemendia, Harria, La Mota, Urgull y La Bretxa, todas con restos de aquellas paredes de entonces, incluso alguna todavía ennegrecida por el fuego. Tengo la suerte de que me cedan la gran suite Zubieta, así que no hay mejor lugar para dormir.

Un día más, madrugo. Y lo hago feliz ante el programa de festejos que tengo para hoy. Para empezar, cojo la toalla, el bañador, el gorrito y las chanclas, porque a las 07:55 quiero entrar en las termas de La Perla aprovechando el pase que me dio mi amigo Óscar Parrondo. Cojo también un par de plum-cakes y un buen trozo de pantxineta de Otaegui y voy contento por la bahía viendo las primeras luces del día. No es nada raro ver a estas horas de la mañana mucha gente corriendo, con la bicicleta o paseando al perrito.

Llegando a La Perla me saluda con su gesto de «garrote» el cocinero Martín Berasategui, habitual de este paseo que dice cargarle de energía. Pasan de diez las estrellas Michelín que ha cosechado el mejor de los cocineros del mundo en una tierra repleta de grandes maestros de los fogones, como Arzak, ahora con su hija Elena; Arguiñano, Subijana, Aduriz, Arbelaitz, Airaudo, López, Trincado… Siempre vinculado el País Vasco a la gran cocina. El placer de estar hora y media en las termas viendo La Concha me relaja de tal manera que al salir a desayunar parece que camino sobre arenas movedizas.

Desayuno en el café de La Concha viendo un mar que, tal y como apuntaban los pronósticos, está más que cabreado, y eso que faltan cuatro horas para la pleamar. Son las 10:15, y la primera motora de la isla no ha salido de puerto. En la misma isla, grandes masas de agua revientan cada veinte segundos, y desde aquí se ve la esquina del Paseo Nuevo impactada por las olas, lo mismo que las que atacan el Peine del Viento. Al venir viento de tierra, la ola salta, pero se queda quieta, dispuesta a enseñar toda su altura y toda su belleza. Cuando viene viento de mar, además de ser húmedo y frío, la ola entra en tierra sin reparar en las personas que se irán a casa mojadas por un salpicón de salitre a las finas algas.

A las 11:00 he quedado en la puerta del hotel con Sonia e Iñaki, y en dos pasos estamos sobre el Paseo Nuevo, que se encuentra cerrado al público, así que subimos por Urgull siguiendo uno de los enrevesados senderos de este monte emblemático para los donostiarras, lleno de miradores con grandes vistas. Tras pasar por el del baluarte y mirar unos minutos el impacto de las olas sobre la playa de la Zurriola, nos dirigimos hacia la ladera del cementerio de los ingleses, uno de esos rincones poco visitados por quedar al lado contrario de la bahía, pero de visita muy muy recomendable. Es más, hacerlo en días de fina lluvia y bruma impresiona más por su aspecto lúgubre.

Tumbas perdidas entre la maleza, lápidas y mausoleos de oficiales británicos que cayeron defendiendo San Sebastián y el régimen liberal contra el asedio carlista de 1836-1837. La gran roca que vigila el cementerio parece una cúpula presidida por una amenazante águila. Fue inaugurado con salva de cañonazos, en 1924, por el alcalde Prado junto a los miembros del buque inglés Malcom y el buque español Reina Victoria Eugenia, así como las reinas María Cristina y  Victoria Eugenia, el príncipe de Asturias y el infante Jaime.

«Muerto en Aiete, el coronel Tupper del Sexto Regimiento de fusileros escoceses yace aquí», puede leerse en una de las lápidas, junto a otra del coronel Oliver de Lances, los soldados Howard, Newman, Gates, Smith… Los ingleses invadieron la ciudad en 1813, pero se fueron como llegaron en 1837. Una lástima que el Ayuntamiento no cuide con un poco más de dedicación este rincón tan recomendable.

Seguimos hacia abajo, hasta llegar a las laderas de Urgull más cercanas al mar, donde docenas de curiosos sacan vídeos y fotos con los móviles. Solo el ruido de las olas reventando sobre el gran muro del paseo junto a la escultura de Oteiza, Construcción vacía, ya impone. Ver esa gran masa de agua blanca avanzar a gran velocidad y saltar hasta casi cien metros de altura provoca las primeras exclamaciones del público, como si de una sesión de fuegos artificiales se tratara. Enseguida será la pleamar, y los trenes de olas vienen perfectamente definidos, con un vagón detrás de otro, ocupando todo el horizonte en una línea perfecta que rompe la superficie del mar y que se extiende durante kilómetros.

Según se acerca la ola, parece ganar altura. De los cinco metros, pasa a seis, luego a siete, alguna viene con ocho metros, mientras una cresta de blanca espuma la peina hacia atrás, como las crines de un corcel al galope. Un poco antes del impacto contra el muro rompe con un estruendo sobrecogedor, anuncio de lo que viene y aviso de que hay que preparar la cámara. La ola desaparece de la vista en la base del muro, contenemos el aliento, atención máxima.

De pronto, un enorme salto de agua se estira metros y metros por encima del muro, creando formas parecidas pero que no cansan nunca ante el clic de las cámaras de fotos de los especialistas. No termina ahí la emoción, pues la ola vuelve al mar, salvo los restos que han inundado el paseo, toma dirección contraria y va a chocar contra la siguiente ola, que viene sin freno alguno. El impacto de las dos masas de agua llega a tapar la línea del horizonte y provoca un estallido similar al de un trueno en días de tormenta. Ahora, esa gran masa de agua viene más rota pero cabreada, como perdiendo su figura por el camino. Y salta más arriba, si cabe. «Nuevo récord», grita algún chiquillo, mientras una señora habitual de Urgull solo habla de los gatos. Una y otra, y otra; no hay descanso. El mar abre sus puertas y nos dice que tengamos cuidado con lo que nos traerá en el futuro. Mismas fotos, mismos vídeos, mismas conexiones de televisión, misma belleza, pero siempre diferentes las horas, las nubes, el viento, la luz que se esconde o que asoma.

Aquí, en Urgull, nos guarda un rincón para que disfrutemos de las fuerzas de la naturaleza, pero en paseos como los de Zarautz son días muy peligrosos, con las casas del paseo haciendo de muro de contención. En efecto, ya llegan por las redes sociales imágenes de Zarautz con su paseo marítimo destrozado por el empuje de las olas. Entre los curiosos veo a mis colegas de las diferentes televisiones, fotógrafos de prensa, y buenos amigos, profesionales y aficionados, como José Luis Diz, Darío Garrido, subiendo y bajando en busca de ángulos, cada cual mejor que el anterior; María Seco, Mikel Salvador, Mikel Gasca, del que seguro luego veremos grandes vídeos en su canal YouTube, y tantos otros rivalizando entre bromas por ver quién saca las mejores imágenes.

—Una más y nos vamos —dice Sonia.

—Otra más y nos vamos —dice Iñaki.

Y así hasta mil.

EN ESTE CAPÍTULO ENCONTRARÁS:

  • De Sagüés al Peine del Viento e Igeldo.
  • Historia de San Sebastián y las tamborradas.
  • Comercios míticos de la ciudad con la historiadora Lola Horcajo.
  • El 31 de agosto.
  • Historias de la radio.
  • Iglesia de San Vicente.
  • Un temporal de olas en directo.
  • La gastronomía local en el asador Aratz con los hermanos Zabaleta.
  • Una escapada a Urnieta para hablar de la txalaparta y de la sidra.

Estas mismas anécdotas y otras muchas, te las describo en mi libro LO QUE TU TIERRA TE CUENTA. Un viaje por Gipuzkoa.

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